La trayectoria

Francisco Liberato de Mattos tuvo una infancia marcada por la libertad y las aventuras en la gran propiedad familiar en el Recôncavo Baiano. Sin embargo, las pérdidas materiales de la familia le alejaron de la vida al aire libre y de los estudios cuando aún era un adolescente, para ayudar a mantener a su madre y a sus hermanos.

Chico trabajó en establecimientos comerciales de Salvador, al tiempo que frecuentaba galerías y ateliers, alimentando el interés por los trazos, las formas y los colores que siempre le habían inundado.

Atraído por una invitación para trabajar en la extracción de caucho en el sur de Bahía, pasó un año y medio inmerso en la selva, en intenso contacto con la naturaleza y con los indígenas de la región. Tras esta experiencia, decidió trasladarse a Río de Janeiro y hacer su camino de expresión a través del arte.

Asistió a cursos de arte gratuitos y encontró su propio lenguaje, dando forma a diversos materiales que transmiten sus talentos e inquietudes. Las primeras manifestaciones son de denuncia: imágenes de niños en la más absoluta miseria, llamando la atención sobre el problema del hambre en el Nordeste.

La obra de Chico Liberato se integró con la de artistas de renombre, y fue invitado a participar en exposiciones y a representar a Brasil en la Bienal de la Juventud de París. Con todos los vientos a favor de una carrera en el sureste del país, hizo lo contrario y decidió volver a sus orígenes. La motivación vino de su amigo Juárez Paraíso: ayudar a organizar la I Bienal de Arte de Bahía.

Su tránsito en el medio artístico nacional facilitó articulaciones que aseguraron la presencia de nombres reconocidos de la época. El éxito del evento sacó a Salvador de su provincianismo cultural y preparó el camino para la II Bienal, en 1968, interrumpida por la dictadura militar.

El régimen dificultó las actividades artísticas en el país, lo que llevó a Chico a dedicarse a las artes gráficas para sobrevivir. Pinta poco y financia sus experimentos en el lenguaje de la animación, mientras crea formas alternativas de expresión y resistencia.

Una invitación para dirigir el Museu de Arte Moderna da Bahia lo puso al frente de la institución durante doce años, cargo que aprovechó para poner en práctica sus ideas de accesibilidad a las artes, haciendo del museo un lugar de educación y apropiación cultural.

El arte de Chico ya se había ampliado a la tridimensionalidad, con la producción de objetos y esculturas, y su dominio del movimiento se ejercitaba con cada cortometraje que producía. Fue entonces cuando conoció la leyenda del Boi Incantado y Aruá, que dio lugar al largometraje de animación que hizo historia en la cinematografía brasileña, acumulando premios nacionales e internacionales.

Décadas de rica producción han supuesto un reconocimiento al artista, en consecutivos y justos homenajes.

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