Las experiencias de Chico Liberato con la animación se remontan a 1972, año en que se celebró la I Jornada de Cinema da Bahia. Su interés surgió de un encuentro casual con Guido Araújo, su director, que le inculcó la idea. Fue suficiente para que el alma inquieta del artista despertara a la posibilidad de animar sus trazos y guionizar sus personajes.

Los primeros cortometrajes se produjeron con equipos improvisados: una mesa de luz construida por él mismo y una cámara fotográfica utilizada como videocámara. Retratos, recortes, dibujos, todo se prestaba a los montajes, extraídos de historias familiares, recuerdos de la ciudad de Salvador, leyendas o literatura.

Los temas siguieron el mismo camino de su obra, enredada por cuestiones sociales, existenciales, místicas. Así, se produjeron sucesivos cortometrajes que llamaron la atención por su estética, contenido y por ser pioneros en la realización de películas de animación en el noreste.

Su experimentación le llevó al premiado largometraje Boi Aruá, un proyecto inspirado en la cultura popular más genuina del remanso nordestino. El encanto del buey ha provocado un verdadero encuentro perceptivo con otros artistas, dando lugar a conciertos, espectáculos de danza e instalaciones.

A partir de 1984, la actividad de producción audiovisual es discontinua, pero no se interrumpe. Chico produjo algunos cortometrajes y su segundo largometraje, Ritos de Passagem, que inauguró una nueva fase de producción, con el uso de la tecnología informática.

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